Cayambe... Sueño cumplido
Es como la quinta vez que intento empezar esta publicación, porque no encontré una forma atinada de comenzar, sobre todo porque el recordar la cima trae a mi mente muchas imágenes, a mi corazón muchos sentimientos y a mis ojos muchas lágrimas. Sin embargo no podía dejar de contar lo vivido.
Contar la trayectoria que tuvimos hasta llegar a la cima es complicado, porque el camino no fue de varios kilómetros, el camino en realidad fue de varias semanas, hacer una cumbre tan importante ha requerido de un caminar (en el estricto sentido de la palabra) de muchas madrugadas, mucho ejercicio, mucha preparación mental, mucha buena alimentación y mucha buena vibra.
Las cordadas de tres personas en la subida se convierten en una sólo fuerza de escalada cada una, subir en la oscuridad de la madrugada es todo un reto, esperábamos más luz porque era día de luna llena, sin embargo la neblina sólo nos la mostraba como un pálido foco rojizo, por lo que cada cordada aparte de su luz en la cabeza usaba la luz de su interior.
Casi no se conversa, hay una concentración importante sobre todo cuando lo blanco de la nieve nos indica que los crampones deben ser puestos en las botas y lo aprendido en la escuela de glaciar debe rendir sus frutos. El ritmo constante de los pasos es importante, mantenerlos y sostenerlos.
Resbalones, descansos con mucho frío, cambios de ropa, cambios de guantes, son los gajes del oficio de montañista; sentir la nevada, la lluvia y la neblina es una experiencia propia del recibimiento de la montaña. Es un mundo nuevo y separado de lo cotidiano.
Describir cada sentimiento que teníamos en cada paso no es fácil al momento de escribirlo, pasan muchas ideas por la cabeza, se recuerda a mucha gente, se revive muchos momentos alegres, se deja atrás los momentos tristes, se hace una trasmutación de células en el cerebro que pareciera estarse viviendo un cuento alejado de la realidad, el tiempo no existe, se puede palpar con cercanía el famoso aquí y ahora de muchos filósofos, no hay teoría de la montaña, no hay fotografías, es el verse tan chiquito frente a un gran gigante, es como un David y Goliat pero en el cual ambos están en el mismo bando, es seguir un camino de hormigas de personas comunes de carne y hueso, es llorar con unas lágrimas que salen del corazón, es una emoción simple y muy compleja de entender, es un abrazo en la cumbre, es un agradecimiento a lo superior, es una selfie para hacer enterar a todo el mundo que lo lograste, pero también es una mano en el corazón lleno de humildad y agradecimiento por estar ahí.
Todo el esfuerzo previo vale la pena, vale la alegría y vale cada paso, porque cada paso aunque pequeño contribuye a avanzar -siempre y cuando sea para adelante-.
Esto es lo que se puede contar de esta maravillosa experiencia, gracias Topitos por ser un gran grupo.
(fotos gracias a: José Burbano @PepeBurbano)

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